lunes, 10 de julio de 2017

Mirabeau: “Corrupto, no traidor”

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El conde de Mirabeau, Honoré Gabriel Riquetti fue uno de los revolucionarios más importantes durante la revolución francesa. No era una persona mediocre, sino un verdadero genio. En todos los lugares donde intervenía era con convicción, buscando hacer lo mejor para la revolución del que fue el primer orador, el tribuno del pueblo.

El problema de Mirabeau era que quería salvar dos cosas: a la realeza y a la libertad. Sin embargo, al momento de su muerte aún prácticamente todos los actores de la revolución estaban a favor del rey.

Fue acusado, luego de muerto, de traición y complicidad con la reina contra la revolución. Jules Michelet, historiador francés nacido durante la revolución, responde a esta acusación injusta que era falsa, que Mirabeau tuvo siempre en miras actuar a favor de la nación. El problema que tuvo fue que estaba corrupto.

¿En qué consistía esta corrupción? En haber creído que podía ser el primer ministro de la reina, una suerte de esposo político, y así cumplir un rol como mediador entre la monarquía y el pueblo. Esto lo llevo a ver a la reina como una persona violenta pero magnánima y heroica, cuando en realidad simplemente era una reina extranjera que buscaba aplastar la revolución a sangre y fuego utilizando tropas austríacas.

En definitiva, la corrupción de Mirabeau, según Michelet, era haber caido en una ilusión ficticia, en una fantasía fomentada concientemente por la monarquía, y que creció en el terreno fértil de su orgullo y ambición.

Eso deja mucho que pensar. No por dinero, o por interés o poder. En otra época estos eran los estándares: la corrupción era creer en una realidad ficticia, en engañarse a si mismo y creer ese engaño. Si en esa época Mirabeau era corrupto ¿Qué es la humanidad ahora?